La felicidad como dogma
- Aleix Arribas

- 16 ene
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando el autocuidado se convierte en exigencia
En psicología es fácil caer en discursos que suenan bien pero no sostienen un proceso real. Mensajes tranquilizadores, promesas implícitas de bienestar, consignas que invitan a sentirse mejor casi por obligación. Frente a eso, los principios no sirven para vender ni para consolar rápidamente.
Sirven para orientar decisiones, marcar límites y proteger a la persona dentro del acompañamiento.
Uno de esos discursos que conviene revisar con cuidado es el de la felicidad entendida como mandato. En los últimos años se ha instalado una consigna tan extendida como incuestionada: tienes que quererte más. No suele formularse como una invitación amable, sino como una exigencia encubierta. No basta con dejar de machacarte, con permitirte descansar o con aceptar que a veces no llegas a todo. El ideal actual va más allá: exige un amor propio impecable, constante, sin fisuras. Un yo seguro, luminoso, sereno, que no se quiebra ni duda. Cuando ese ideal no se alcanza —y no suele alcanzarse— el problema ya no parece estar en la vida, en el contexto o en las circunstancias, sino en la persona. Si estás triste, inseguro o cansado, la conclusión implícita es que no te has trabajado lo suficiente.
El malestar deja de ser una experiencia humana y pasa a vivirse como un fallo personal.
Así, algo tan íntimo como la relación con uno mismo se transforma en un examen permanente. Un tribunal interno en el que nunca se obtiene un aprobado definitivo. La presión por mostrarse emocionalmente equilibrado, centrado y funcional ha ido eclipsando algo mucho más básico: el respeto hacia la propia experiencia. Durante mucho tiempo, avanzar en autoestima podía significar algo tan simple como reducir un poco la autoexigencia. Hoy eso parece insuficiente. El mandato es otro: hay que amarse sin grietas, con un discurso pulido y una imagen emocional estable.
Si un día no puedes, si te hartas de ti mismo o si la tristeza te alcanza, el mensaje es claro: algo en ti está mal.
Cuestionar ese mandato no implica caer en el extremo contrario, en una especie de conformismo donde todo vale y nada necesita revisarse. Esa también es una trampa frecuente. A veces aparece como un discurso que suena liberador —“yo soy así y el que no lo acepte que se adapte”—, pero que en la práctica bloquea cualquier posibilidad de cambio. Bajo esa apariencia de autoaceptación se esconden, en muchos casos, evitación, rigidez o miedo a tocar zonas que incomodan. En el otro extremo está la exigencia constante. La idea de que siempre hay que mejorar, corregirse o superarse. Aquí el yo se vive como un proyecto defectuoso que nunca termina de estar bien. Cada dificultad se convierte en una prueba más de que “todavía no es suficiente”. Este extremo desgasta, genera culpa y convierte el crecimiento en una carrera sin descanso. El respeto real no se sitúa en ninguno de estos extremos. No anestesia ni justifica, pero tampoco castiga.
Permite reconocer lo que no funciona sin convertirlo en una descalificación personal ni en un bloqueo del cambio.
En este contexto se repite una frase que, usada sin matices, se convierte en trampa: no puedes amar a otro si no te amas a ti mismo. Convertida en dogma, esta idea genera una ilusión peligrosa: la de que existe un punto de resolución perfecta desde el cual, y solo entonces, estarás preparado para vincularte. Ese punto no llega nunca. El amor propio no es un requisito previo para la relación; muchas veces es en el vínculo, en el respeto recibido y en el contraste con el otro donde se aprende a cuidarse mejor.
El bienestar emocional también se ha convertido en un producto. Se empaqueta en cursos rápidos, se vende en frases motivacionales y se muestra en imágenes de calma permanente. El mensaje es sutil pero constante: si haces lo correcto, si gestionas bien, si sonríes lo suficiente, estarás bien. Y si no lo estás, algo has hecho mal. El dolor —que forma parte inevitable de vivir— se transforma así en un error que hay que corregir cuanto antes. La consecuencia es un doble peso. Por un lado, el dolor real de las pérdidas, los fracasos o las decepciones. Por otro, la presión añadida de creer que no deberías sentirlo. Se aprende a esconder el cansancio, a maquillar la tristeza, a funcionar por fuera mientras por dentro todo se tambalea.
Esa distancia entre lo que se vive y lo que se muestra erosiona algo más profundo que la alegría: erosiona la conexión con uno mismo.
Desde hace tiempo, la filosofía existencial lo señaló con claridad: la angustia no es un fallo del sistema, es parte constitutiva de estar vivos. Lo problemático no es que el caos aparezca, sino pretender que nunca debería hacerlo. Cuando se impone la imagen de un yo siempre sereno y eficaz, se abre una brecha entre la experiencia real y el personaje que se interpreta. Ahí nace la alienación: vivir de espaldas a lo que se siente para sostener una imagen aceptable. Paradójicamente, en nombre del autocuidado, muchas veces se construye un yo rentable. Agradecido, resiliente, inspirador. Un yo que transforma cada tropiezo en lección y cada herida en contenido compartible. Pero mientras se sostiene ese papel, algo se rompe por dentro. Aparece una disonancia persistente entre lo que se muestra y lo que se vive.
Quizá la pregunta no sea si te quieres lo suficiente, sino cómo te quieres. Quererse no es alcanzar un estado de perfección emocional donde ya no hay dudas ni miedo. Quererse es poder mirarte incluso en los días torcidos y no retirarte la palabra. Es tratarte con respeto cuando fallas, cuando te equivocas o cuando no encajas en la versión ideal que te prometieron. Aquí se juega una diferencia fundamental: amarte con respeto frente a exigirte con severidad. El respeto sostiene porque admite las grietas. La exigencia convierte el cuidado en mandato. Cuando el autocuidado se vuelve obligación, deja de cuidar y empieza a fiscalizar.
Y entonces la felicidad deja de ser una experiencia posible para convertirse en un dogma que juzga.
Frente a ese dogma, el trabajo se apoya en otros principios: rigor frente a promesas vacías, coherencia frente a discursos ideales y respeto frente a la experiencia real de cada persona. No para garantizar felicidad, sino para acompañar procesos reales.




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