Autoestima
- Aleix Arribas

- 16 ene
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando el camino se termina y tienes que decidir cómo sigues
La autoestima suele venderse como confianza, seguridad o pensamiento positivo. Como si fuera una actitud que se adopta o una voz interior que se entrena para hablar bonito. En la práctica, aparece en otro lugar. No cuando todo funciona, sino cuando lo conocido deja de servir.
La autoestima se pone a prueba cuando un camino se termina.
Imagina que avanzas por un camino que conoces bien. Has caminado por él durante años: decisiones, roles, expectativas, maneras de estar en la vida. Funciona. O al menos funcionaba. Hasta que un día el camino se acaba. No hay indicaciones claras. No hay señales que digan “por aquí”. Y lo que aparece delante no se parece a nada que conozcas. Ese momento genera inseguridad, duda y miedo. No porque falte capacidad, sino porque falta referencia. Y es ahí —no antes— donde la autoestima empieza a jugar un papel real.
La autoaceptación no consiste en gustarte ni en conformarte con todo. Consiste en reconocer honestamente dónde estás cuando el camino se termina. Aceptar que no tienes respuestas claras, que todavía no sabes cómo seguir, que hay límites que no puedes forzar y cosas que no salieron como esperabas. Sin castigarte por ello. Negar este punto suele llevar a dos extremos igualmente estériles: forzarte a seguir por un camino que ya no existe o quedarte bloqueado esperando que algo cambie solo.
La autoaceptación no te mueve, pero te permite parar sin hundirte. Te da suelo cuando el mapa ha desaparecido.
Cuando el camino se acaba, también es fácil mirar solo lo que falta. Lo perdido, lo no logrado, lo que no fue. Aquí aparece la autogratitud, que no tiene nada que ver con positivismo ni con mirar el lado bueno a la fuerza. Tiene que ver con reconocer con realismo lo que sí hay. Las habilidades que has desarrollado, los recursos que has usado para llegar hasta aquí, las decisiones que sí te sostuvieron, los vínculos que sí construiste. No para compararte ni para exigirte más, sino para no empezar desde cero en tu propio relato.
Sin autogratitud, la identidad se empobrece y todo parece fallo. Con ella, el pasado deja de ser solo una lista de errores y se convierte también en base.
La autoeficacia aparece después. No como seguridad absoluta, sino como capacidad de dar un paso sin garantías. Cuando el camino conocido se termina, no eliges con certeza. Eliges con información incompleta, con ensayo y error, con algo de miedo. Se construye probando una alternativa, ajustando, volviendo atrás, cambiando el rumbo. No cuando todo sale bien, sino cuando descubres que puedes manejarte incluso cuando no sale como esperabas.
La autoeficacia no es sentirte capaz de todo, sino confiar en que podrás responder aunque no controles el resultado.
Por eso la autoestima no es una meta ni un estado que se alcanza de una vez para siempre. No es algo que se “tiene” y ya está. Es un proceso vivo, un movimiento que se activa cada vez que la vida deja de encajar con lo previsto. Aceptar dónde estás cuando el mapa falla. Reconocer con qué recursos cuentas realmente. Y actuar desde ahí, aunque no haya garantías. La autoestima no elimina la incertidumbre ni evita el miedo. Tampoco promete seguridad constante. Lo que hace es algo más discreto y más valioso: te permite sostenerte cuando no sabes, cuando tienes que decidir sin certezas, cuando el camino conocido ya no sirve y el siguiente todavía no se ve con claridad.
No te dice qué decisión tomar ni asegura que elijas bien. Te permite atravesar ese momento sin desmoronarte, sin perderte a ti mismo en el intento. Y en la vida real, donde los caminos se terminan más veces de las que nos gustaría, eso vale mucho más que sentirse seguro todo el tiempo.




Comentarios