Rigor
- Aleix Arribas

- 16 ene
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando comprender importa más que acelerar
En psicología, el rigor no tiene que ver con hacerlo difícil ni con llenar el trabajo de tecnicismos. Tiene que ver con no prometer más de lo que se puede sostener y con resistir la tentación de simplificar lo que, por naturaleza, es complejo. Implica trabajar desde el criterio profesional, la evidencia y la experiencia, sin atajos que tranquilicen rápido pero empobrezcan el proceso.
El rigor no acelera el proceso. Lo hace sostenible.
A veces, lo que genera confusión y frustración en las personas que buscan ayuda no viene del malestar en sí, sino de los mensajes que reciben antes de llegar a consulta. Promesas rápidas, técnicas universales, soluciones que supuestamente funcionan para todos, resultados garantizados si “haces lo que toca”. Ese tipo de planteamientos no solo son poco realistas, sino que suelen trasladar una responsabilidad mal entendida: si no mejoras, es porque no te esfuerzas lo suficiente o no aplicas bien la técnica.
El rigor se sitúa justo en el lado contrario. Parte de una idea básica: no hay soluciones cerradas antes de comprender a la persona. No se interviene sobre un síntoma sin entender qué función cumple, en qué contexto aparece y desde qué forma de ser se vive.
No se propone un cambio sin valorar si es viable, en qué momento del proceso tiene sentido y qué coste real tiene para la persona.
Trabajar con rigor implica evaluación continua. No una evaluación inicial que se da por definitiva, sino una comprensión que se va ajustando a medida que el proceso avanza. Lo que hoy es prioritario puede no serlo dentro de unas semanas. Lo que parece claro al inicio puede necesitar matices más adelante. El rigor no busca tener razón rápido, sino afinar la lectura. También implica apoyarse en la evidencia sin convertirla en dogma. La evidencia orienta, no sustituye la singularidad de cada persona. Lo que funciona en términos generales necesita ser adaptado al momento vital, a la historia, a los recursos y a los límites reales de quien está delante.
Aplicar técnicas sin ese ajuste es otra forma de simplificación.
Alejarse de soluciones mágicas no significa renunciar al cambio. Significa asumir que el cambio psicológico rara vez es lineal, inmediato o limpio. Que hay avances, retrocesos, resistencias comprensibles y tiempos distintos. El rigor protege de la prisa, de la presión por “ir bien” y de la idea de que todo malestar tiene que resolverse rápido para ser válido. En ese sentido, el rigor no es frío ni distante. Es una forma de respeto. Respeto por la complejidad de la experiencia humana, por los límites del proceso y por la persona que confía su malestar. No promete alivio instantáneo ni recetas universales, pero ofrece algo más sólido: un acompañamiento que no se sostiene sobre ilusiones, sino sobre la vida real de la persona.




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