Síntomas y trastornos
- Aleix Arribas

- 17 ene
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando lo que sientes no equivale automáticamente a un diagnóstico
Muchas personas llegan preocupadas por una pregunta concreta:
“¿Lo que me pasa es un trastorno?”
La duda es comprensible. Vivimos en un contexto donde los términos clínicos circulan con facilidad y donde cualquier malestar parece necesitar una etiqueta rápida. Sin embargo, desde un punto de vista riguroso, conviene aclarar algo desde el inicio: un síntoma aislado, por sí solo, no define un trastorno psicológico. Los síntomas importan. Son reales, molestan y afectan. Pero no lo explican todo.
Lo que orienta no es solo qué aparece, sino cómo, cuánto, desde cuándo y en qué contexto.
Los síntomas no son todos iguales
El malestar psicológico puede expresarse en distintos planos, que a menudo se combinan entre sí:
Síntomas cognitivos: preocupación constante, pensamientos intrusivos, rumiación, dificultad para concentrarse, anticipación negativa.
Síntomas emocionales: ansiedad, tristeza, apatía, culpa, irritabilidad, miedo intenso, vacío.
Síntomas conductuales: evitación, aislamiento, conductas compulsivas, bloqueo, estallidos de enfado, dependencia.
Síntomas fisiológicos: insomnio, tensión muscular, fatiga, taquicardia, problemas digestivos, sensación de ahogo.
Tener alguno —o varios— de estos síntomas no implica automáticamente un trastorno. Muchas veces son respuestas humanas esperables ante situaciones exigentes, pérdidas, cambios vitales o conflictos relacionales. La clave está en cómo estos síntomas se organizan entre sí y qué los mantiene.
El papel de la personalidad y el momento vital
Aquí entra un matiz fundamental que suele perderse en los discursos simplificados. El mismo síntoma puede vivirse de formas muy distintas según:
la personalidad,
la historia previa,
los recursos disponibles,
y el momento vital.
Hay personas más sensibles, más reflexivas, más exigentes consigo mismas, más evitativas o más orientadas al control. Esos rasgos no son trastornos en sí mismos, pero modulan cómo se expresa el malestar.
Del mismo modo, hay situaciones vitales que, por su propia naturaleza, generan síntomas: una ruptura, un duelo, un cambio laboral, una sobrecarga prolongada. En esos casos, que aparezca ansiedad, tristeza o insomnio no indica necesariamente psicopatología, sino una reacción ajustada a una circunstancia difícil.
¿Entonces qué define un trastorno?
Desde un punto de vista clínico, un trastorno no se define por un síntoma concreto, sino por un conjunto de criterios que incluyen:
Combinación de síntomas (no uno aislado).
Intensidad (grado de malestar).
Duración (persistencia en el tiempo).
Impacto funcional (interferencia clara en la vida diaria).
Rigidez (poca variabilidad según contexto).
Relación con la personalidad y la historia.
Todo esto se evalúa de forma conjunta, no mediante listas rápidas.
Algunos trastornos clínicos frecuentes
Nombrarlos no es para que te identifiques, sino para ubicar diferencias.
Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG)
Preocupación persistente y difícil de controlar, acompañada de tensión, inquietud, fatiga y síntomas físicos, presente la mayor parte del tiempo durante meses.
Trastorno Depresivo
Estado de ánimo bajo persistente, pérdida de interés, alteraciones del sueño y del apetito, enlentecimiento o agitación, sensación de inutilidad o desesperanza, con impacto significativo en la vida.
Trastorno Adaptativo (mixto ansioso-depresivo)
Malestar emocional relevante ligado a una situación concreta identificable. A diferencia de los anteriores, el síntoma está claramente vinculado a un estresor y no suele cronificarse cuando la situación se elabora.
Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC)
Presencia de obsesiones (pensamientos intrusivos, no deseados) y compulsiones (conductas o rituales para aliviar la ansiedad), vividas como egodistónicas y difíciles de frenar.
Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT)
Respuesta persistente tras una experiencia traumática, con reexperimentación, evitación, hiperactivación y cambios en la forma de percibirse y relacionarse.
Fobia social (ansiedad social)
Miedo intenso y persistente a situaciones sociales por temor a la evaluación negativa, con evitación significativa y deterioro funcional.
Trastornos de personalidad: otra categoría distinta
Aquí es importante diferenciar.
Un trastorno de personalidad no se define por síntomas puntuales, sino por patrones estables y persistentes de funcionamiento, presentes desde etapas tempranas y que afectan a la forma de pensar, sentir, relacionarse y responder al mundo.
De forma orientativa, se agrupan en tres grupos:
Grupo A (patrones extraños o distantes): paranoide, esquizoide, esquizotípico.
Grupo B (patrones intensos o impulsivos): antisocial, límite, histriónico, narcisista.
Grupo C (patrones ansiosos o evitativos): evitativo, dependiente, obsesivo-compulsivo.
Esto no significa que una persona tenga “una personalidad trastornada” porque muestre rasgos de alguno de estos estilos. Hablamos de espectros, no de compartimentos cerrados.
En la vida real es mucho más frecuente encontrar:
rasgos predominantes,
estilos compensatorios,
combinaciones flexibles,
que no cumplen criterios clínicos completos.
Rasgos, tendencias y espectros
Así como hablamos de rasgos de personalidad, también podemos hablar de tendencias sintomáticas.
Una persona puede tener:
rasgos ansiosos sin un TAG,
rasgos obsesivos sin un TOC,
rasgos evitativos sin un trastorno de personalidad evitativo.
La diferencia es clínica y funcional. Y aquí es donde entra el rigor profesional: evaluar, integrar información, contextualizar y decidir si estamos ante un trastorno diagnosticable o ante un malestar significativo que necesita acompañamiento, pero no una etiqueta clínica cerrada.
Por qué no sirve el autodiagnóstico
Este recorrido deja algo claro: autodiagnosticarse suele confundir más de lo que aclara.
Porque:
se sacan síntomas de contexto,
se ignoran combinaciones y grados,
se pierde la relación con la personalidad y el momento vital,
y se transforma el malestar en identidad.
Un proceso psicológico no consiste en poner nombres rápido, sino en entender qué está pasando y qué necesita esa persona concreta en ese momento concreto. A veces eso incluye un diagnóstico formal. Otras veces, no. Y ambas opciones pueden ser igual de legítimas.
En resumen
Los síntomas importan, pero no hablan solos. Los trastornos existen, pero no se definen a la ligera. La personalidad modula, el contexto influye y el momento vital importa. Entender esta complejidad busca devolver criterio. Porque solo desde ahí el acompañamiento psicológico puede ser realmente ajustado, humano y útil.




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