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Respeto

Actualizado: 23 ene

Imagen simbólica del respeto en el proceso psicológico hacia la singularidad de la persona

Cuando el proceso se pone al servicio de la persona




En psicología, el respeto no se limita al trato o a la forma. Es un principio que orienta todo el trabajo. Tiene que ver con no exigir cambios, no imponer ritmos y no convertir la responsabilidad en culpa ni el malestar en un fallo personal. Muchas veces, lo que más daño hace no es el sufrimiento en sí, sino sentirse empujado a cambiar antes de estar preparado o a vivir de una manera que no se siente propia.


Respetar no es hacer menos. Es no invadir el proceso.

El respeto empieza por reconocer algo básico: cada persona llega con una historia, un contexto, unos límites y un ritmo propios. El proceso no consiste en encajar esa experiencia en un modelo ideal, sino en acompañarla tal como se presenta. No se trabaja desde objetivos externos ni desde lo que “debería” pasar, sino desde lo que la persona puede y necesita en ese momento concreto de su vida. Desde fuera, a veces pueden verse cosas con bastante claridad. A partir de lo que la persona relata, el profesional va construyendo una comprensión, una especie de mapa orientativo. Como si, escuchando la descripción del terreno, pudiera intuir en qué zona se encuentra alguien, qué caminos ha recorrido y qué obstáculos aparecen alrededor. Ese mapa permite orientar, señalar posibilidades, ofrecer referencias. En muchos casos, eso ya es suficiente. Para algunas personas, orientarse es exactamente lo que necesitan.


El problema aparece cuando ese mapa se convierte en un guion que se intenta imponer.

Puede aparecer la tentación de mostrar todo el recorrido, anticipar cada paso o dirigir la vida del otro desde una comprensión que, por precisa que sea, siempre es parcial. Ningún mapa, por detallado que parezca, puede sustituir la experiencia directa del territorio. Y la experiencia subjetiva de una persona es, en su totalidad, inaccesible desde fuera. Respetar implica aceptar ese límite. Acompañar sin ocupar el lugar del otro. Orientar sin dirigir. Porque, al final, es la persona quien, una vez situada, empieza a construir su propio mapa, mucho más fiel a la realidad de su paisaje vital.


Un mapa que no nace de teorías ni de interpretaciones ajenas, sino de lo que va viviendo, probando y eligiendo.

Por eso, este principio se aleja de promesas, simplificaciones y de cualquier forma de psicología sin contexto. No se prometen resultados rápidos ni trayectorias claras, porque hacerlo sería ignorar la complejidad real de cada vida. El respeto parte de asumir que el proceso no puede adelantarse a la experiencia ni sustituirla.


No se trata de llevar a la persona a un lugar concreto, sino de acompañarla mientras va encontrando el suyo.

Desde este lugar, la intervención no ocupa el centro ni se impone sobre la vida cotidiana. El proceso no invade ni dirige, sino que se ajusta, se retira cuando hace falta y deja espacio para que la persona pruebe, se equivoque y decida. La libertad de elegir cómo vivir —qué sostener, qué cambiar y qué no— sigue estando en manos de quien lo transita. Y precisamente por eso, lo que se construye desde ahí suele ser más fiel, más habitable y más duradero.

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