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Coherencia

Actualizado: 23 ene

Imagen simbólica de la coherencia personal y el traslado del proceso a la vida cotidiana

Cuando lo trabajado se vive



Un proceso adquiere sentido cuando lo que se trabaja no se queda en palabras. Comprender es importante, pero no suficiente. Muchas personas llegan a entender muy bien lo que les pasa, incluso pueden explicarlo con claridad, y aun así su vida cotidiana sigue igual. Mucho discurso, poco aterrizaje. Cambios que se quedan en el plano intelectual y no encuentran un lugar real en las decisiones, las relaciones o la forma de responder fuera de sesión.


La coherencia aparece cuando lo trabajado empieza a pasar por la vida.

No se trata de aplicar todo lo hablado ni de convertir cada situación cotidiana en una prueba. De hecho, ese suele ser uno de los errores más frecuentes: vivir el día a día como un examen permanente, forzándose a responder “mejor” o “de otra manera”. La coherencia no funciona así. No busca control ni vigilancia constante, sino ajuste.


A menudo, los cambios más relevantes no aparecen cuando se intenta hacerlos, sino cuando una situación concreta los provoca. Sin plan previo, sin consignas internas, sin la sensación de estar poniéndose a prueba. Algo ocurre y, casi sin darse cuenta, la persona responde de forma distinta. No porque lo haya decidido en ese momento, sino porque algo ya se había movido. Ese tipo de cambio implícito suele pasar desapercibido al principio. No se vive como un logro ni como una técnica bien aplicada, sino como una respuesta natural que antes no estaba disponible. Y precisamente por eso es tan valioso.


Indica que lo trabajado empieza a formar parte de la manera de estar en la vida, no solo de la manera de pensarse.

Esto no significa que todo cambio ocurra así. Hay momentos en los que el movimiento es explícito y deliberado. Decidir empezar a hacer ejercicio, cambiar la alimentación, decir que no a una demanda o decir que sí a algo que antes se evitaba implica, en muchos casos, forzarse un poco. Son decisiones conscientes que requieren esfuerzo y compromiso. La diferencia está en dónde se sitúa el cambio. Cuando es coherente, no se vive como algo ajeno que hay que aplicar desde fuera, sino como una consecuencia progresiva del proceso. El cambio no ocurre solo en el momento de la decisión, sino en lo que se va experimentando después: en cómo se sostiene, en cómo se ajusta, en cómo empieza a encajar con la vida real.


Ahí es donde la coherencia adquiere su sentido más profundo. El cambio deja de ser una tarea separada, algo que hay que “hacer bien”, y empieza a integrarse como parte de la experiencia cotidiana. A veces es un gesto pequeño, una elección mínima, un desplazamiento casi imperceptible. Pero ese pequeño movimiento cambia el lugar desde el que se vive.


Y cuando eso ocurre, el cambio ya no es una exigencia externa, sino algo que empieza a pertenecer a la persona.

Este principio también se sitúa deliberadamente lejos de las promesas irreales y de una responsabilidad mal entendida. No existe, en la práctica, una vida por un lado y un proceso por otro. No hay un “afuera” donde se vive y un “adentro” donde se trabaja. Todo está mezclado: lo que ocurre entre sesiones, lo que se intenta y no sale, lo que se olvida, lo que se retoma, lo que se entiende y lo que aún no encaja. Desde ahí, exigir coherencia total suele ser más dañino que útil. Convertir el proceso en un ideal de consistencia perfecta —pensar bien, sentir bien, actuar bien— acaba generando una presión constante por estar a la altura de lo trabajado.


Y esa presión erosiona poco a poco, porque obliga a vigilarse, a corregirse y a interpretar cada desajuste como un fallo.

La coherencia que orienta este trabajo es otra. Acepta un margen inevitable de incoherencia, no como descuido, sino como parte de la condición humana. Las personas no cambian de forma lineal ni funcionan siempre de acuerdo con lo que comprenden. Hay avances y retrocesos, zonas más claras y otras que siguen opacas durante un tiempo. Pretender lo contrario es vender una coherencia artificial que desgasta más de lo que ayuda. Por eso, aquí la responsabilidad no se entiende como cargar con todo ni como hacerlo todo bien. Se entiende como permanecer en el proceso, volver a situarse cuando algo se desajusta y seguir afinando la forma de vivir lo trabajado, sin exigirse una correspondencia perfecta entre comprensión y acción.


Cuando la coherencia se plantea así, deja de ser una meta que hay que alcanzar y se convierte en una dirección posible.

No promete una vida ordenada ni sin contradicciones, pero permite que el proceso se mezcle con la vida sin volverse una carga más. La coherencia, entendida así, no consiste en corregirse constantemente ni en hacer que pensar, sentir y actuar encajen siempre de forma impecable. Consiste en algo más profundo: ser coherente con la experiencia de ser humano, que incluye dudas, ambivalencias, retrocesos y contradicciones. La incoherencia puntual no es un fallo del proceso, es parte de la condición humana. Cambiar implica avanzar y retroceder, entender algo y no poder aplicarlo aún, desear una cosa y hacer otra. Pretender eliminar esa tensión es vender una coherencia artificial que acaba desgastando.


Reconocerla, en cambio, permite vivir el proceso sin convertirlo en una tarea permanente de autocorrección.

Cuando la coherencia se sitúa en este nivel, deja de ser un ideal al que llegar y se convierte en una forma más honesta de habitar la propia complejidad.

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