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El síntoma como señal

Actualizado: 23 ene

Imagen simbólica del síntoma psicológico como señal

Cuando el malestar se concreta


Cuando el malestar empieza a tomar forma, algo suele hacerse visible con bastante claridad: hay un síntoma. No siempre es lo primero que aparece en el relato, pero acaba ocupando un lugar central porque interrumpe, molesta o descoloca. A veces es lo que trae directamente la persona. Otras veces se menciona después de hablar de lo que ha ocurrido, del contexto o de la forma habitual de vivir las cosas. En cualquier caso, cuando aparece, orienta.


El síntoma señala algo que ya no puede seguir funcionando igual.

El síntoma es la manera en que el malestar deja de ser difuso y se vuelve concreto. Es la forma que adopta cuando ya no basta con sostener, aguantar o adaptarse como hasta ahora. Puede sentirse como ansiedad: activación constante, dificultad para parar, anticipación continua, tensión corporal. Puede aparecer como tristeza: desánimo persistente, sensación de vacío, pérdida de interés o culpa. Puede expresarse como irritabilidad: impaciencia, enfado contenido, estallidos que sorprenden incluso a quien los tiene. O como rumiación: pensamientos que giran una y otra vez sobre lo mismo, sin cierre posible.


Estos son solo ejemplos frecuentes. El malestar puede expresarse de muchas otras maneras y en distintos planos. En algunas personas predomina lo corporal: somatizaciones, molestias digestivas, tensión muscular persistente, fatiga. En otras, lo cognitivo: pensamientos repetitivos, dudas constantes, anticipación o bloqueo mental. En otros casos, el síntoma se expresa en la conducta: evitación, aislamiento, conflictos relacionales, estallidos de rabia o desconexión emocional.


Un síntoma es la forma que tiene un problema de hacerse visible.


Señal no significa causa


Mirar el síntoma como señal cambia la relación con él. No se trata de verlo como el origen del problema ni como algo que haya que eliminar cuanto antes. El síntoma indica un punto de tensión. Marca un lugar donde algo se ha forzado, sostenido o silenciado más de lo que podía mantenerse. Señala un desajuste entre lo que se exige, lo que se vive y los recursos disponibles. Por eso, centrarse solo en el síntoma suele dejar la comprensión a medias. Y pasar por alto el síntoma suele hacer perder información valiosa.


Escuchar el síntoma permite empezar a entender dónde está el límite.

Una pregunta importante es si el síntoma aparece por primera vez o si, en realidad, es algo que la persona ya había vivido antes, aunque ahora se manifieste con más intensidad. En algunos casos, el malestar surge claramente a partir de una situación reciente: un cambio, una pérdida, una decisión o una sobrecarga concreta. El síntoma acompaña ese impacto y tiene un carácter más nuevo. En otros casos, la situación reciente no crea el malestar desde cero, sino que hace aflorar algo que ya estaba ahí. Antes podía vivirse como nerviosismo, cansancio, preocupación constante o tensión de fondo; ahora toma una forma más clara, más intensa y más difícil de ignorar.



Los síntomas se organizan entre sí


Rara vez el malestar se manifiesta a través de un único síntoma aislado. Lo más habitual es que los síntomas se organicen entre sí, formando una dinámica en la que unos alimentan a otros.


Por ejemplo, la ansiedad suele ir acompañada de rumiación: cuanto más activado está el cuerpo, más vueltas da la mente. Esa rumiación, a su vez, mantiene la activación y dificulta que el sistema se calme. El cansancio que se va acumulando incrementa la irritabilidad, y esa irritabilidad suele generar distancia en las relaciones o culpa por cómo se reacciona. Cuando sostener esta tensión deja de ser posible, aparece la tristeza como una forma de agotamiento emocional.


No se trata de problemas distintos que aparecen uno tras otro, sino de diferentes intentos del sistema por regular un mismo malestar. Cada síntoma cumple una función dentro de ese conjunto, tratando de compensar, contener o corregir a otro. Escuchar el síntoma implica entender qué lugar ocupa dentro de esa dinámica, en lugar de abordarlo como si fuera una pieza suelta o un error aislado.


Un síntoma intenta resolver lo que otro no ha podido.


El foco se desplaza


A medida que el síntoma se escucha con más precisión, la pregunta empieza a cambiar. La atención deja de centrarse únicamente en cómo hacerlo desaparecer y se desplaza hacia otra cuestión más relevante: qué está señalando. En ese punto empiezan a aparecer preguntas distintas. Qué se ha tensado más de lo que podía sostenerse. Qué se está manteniendo por encima de las propias posibilidades. Qué forma habitual de responder, que quizá ha funcionado durante mucho tiempo, empieza ahora a pasar factura.


El síntoma marca una dirección y señala un lugar que necesita ser mirado con más detenimiento. Cuando se escucha de este modo, deja de vivirse como un enemigo o como un fallo del sistema. Al no reducirlo a un problema aislado, pierde parte de su peso: el malestar se atenúa ligeramente, el foco se desplaza y la atención empieza a abrirse hacia otros planos de la experiencia.

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