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La personalidad como filtro

Actualizado: 23 ene

Imagen simbólica de la personalidad cara de perfil con diferentes capas, como filtro del malestar

Rasgos, espectro y flexibilidad


Hablar de personalidad no implica hablar de trastornos. Todas las personas nos organizamos en torno a rasgos, entendidos como espectros de funcionamiento. Esto significa que no son categorías rígidas, sino rangos dentro de los cuales una persona puede moverse. Ser más sensible, más exigente, más reflexivo, más reservado o más orientado al control forma parte de esa organización.


En condiciones habituales, estos rasgos se ajustan a la situación y permiten responder con cierta flexibilidad.

Cuando la presión aumenta —estrés, cambios importantes, crisis o malestar psicológico— esa flexibilidad suele reducirse. El rasgo deja de ajustarse y se desplaza hacia un extremo del espectro. A veces lo hace por agudización: la respuesta se intensifica, se aprieta, ocupa más espacio del necesario. Otras veces lo hace por compensación: la respuesta va hacia el otro extremo como forma de protección.


Una manera sencilla de entenderlo es pensar en cómo reacciona una persona ante una amenaza. Ante algo hostil, el cuerpo puede luchar o huir. Ambas respuestas buscan lo mismo: superar la situación y no desbordarse. En la personalidad ocurre algo parecido. Ante el malestar, un rasgo puede intensificarse, como una forma de lucha, o puede compensarse retirándose, como una forma de escape.


El objetivo es el mismo: regular una experiencia que se ha vuelto difícil de sostener.

El problema aparece cuando esa respuesta se fija. Cuando luchar se convierte en exigirse sin descanso, controlar en exceso o analizarlo todo. O cuando huir se transforma en bloqueo, evitación o desconexión. No porque la personalidad falle, sino porque está intentando regular el malestar con los recursos que tiene disponibles en ese momento.



Cómo un mismo malestar se organiza de formas distintas


Imaginemos a una persona habitualmente responsable, organizada y cumplidora. En su funcionamiento cotidiano, este rasgo le permite anticiparse, responder a las demandas y sostener un buen nivel de exigencia sin demasiado desgaste. Es alguien fiable, tanto para los demás como para sí misma. Cuando aparece ansiedad y aumenta la presión, ese rasgo puede agudizarse. La persona empieza a hacerse cargo de más de lo que le corresponde, revisa constantemente, se exige no fallar en nada y trata de tenerlo todo bajo control. La lógica interna es clara: si controlo más, esto se calmará. Sin embargo, el efecto suele ser el contrario: el sistema se mantiene en alerta y la ansiedad se intensifica. Puede ocurrir que, tras un periodo de sobrecarga, aparezca el otro extremo. El mismo rasgo de responsabilidad colapsa y la persona pasa al otro extremo: evita, pospone, se desconecta o deja tareas sin hacer. Desde fuera puede parecer dejadez; por dentro se vive como agotamiento y bloqueo. No ha dejado de ser responsable: está saturada.


Cuando la responsabilidad se lleva al extremo para no fallar, acaba empujando al colapso y a la evitación.

Otra persona puede ser sensible, empática y conectada con lo que siente. En equilibrio, este rasgo le permite captar matices emocionales y relacionarse de forma profunda con los demás. Ante una situación de malestar, la sensibilidad puede agudizarse. La emoción lo ocupa todo: tristeza, miedo o angustia se viven con mucha intensidad, cuesta regularlas y aparece la sensación de desborde. Sentir se vuelve abrumador. En algunos casos, tras ese desbordamiento, aparece el rebote. La persona empieza a apagarse emocionalmente: se distancia de lo que siente, se mantiene ocupada, se anestesia. Desde fuera parece fría o distante; por dentro se vive como vacío. La sensibilidad no ha desaparecido, pero queda infrautilizada como forma de protección.


Cuando la emoción se intensifica hasta desbordar, el sistema rebota apagándola.

Otro caso podría ser una persona con tendencia a pensar, analizar y reflexionar antes de actuar. En su funcionamiento habitual, este rasgo le aporta claridad y criterio para tomar decisiones. Cuando aparece el malestar, este rasgo puede agudizarse. La persona entra en rumiación: vueltas constantes a lo mismo, análisis sin fin, intentos de entender y anticipar cada posible escenario. Pensar se convierte en la principal forma de controlar la situación. Si este estado se mantiene, la persona puede irse al otro polo. El exceso de pensamiento satura y la persona deja de reflexionar, evita decidir o actúa de forma impulsiva solo para salir del bucle. No es falta de capacidad analítica, sino una retirada defensiva tras la saturación.


Cuando pensar se convierte en rumiar, el rebote es el bloqueo o la impulsividad.

También podríamos pensar en una persona para quien el vínculo es central. En equilibrio, este rasgo le permite apoyarse en los demás, compartir lo que le pasa y sentirse acompañado. Ante el malestar, este rasgo puede agudizarse. La persona busca constantemente al otro, necesita hablar, confirmar, sentirse validada. El vínculo se convierte en el principal regulador del malestar, y la dependencia emocional aumenta. Cuando esto no calma o genera fricción, puede aparecer una reacción opuesta. La persona se distancia, se cierra, evita el contacto y se aísla. Desde fuera puede parecer frialdad; por dentro se vive como una forma de protegerse del desgaste relacional.


Cuando el vínculo se usa para regular el malestar y no basta, el rebote es la distancia.


La misma experiencia subjetiva: "no soy yo"


Más allá de las diferencias entre unos casos y otros, hay algo que aparece con mucha frecuencia cuando se escucha a las personas con atención: la sensación de no reconocerse. “Yo no soy así”, “esto no va conmigo”, “antes no reaccionaba de esta manera”.


Esa vivencia es muy importante, porque suele vivirse como una pérdida de identidad o como una señal de que algo se ha roto. Sin embargo, cuando se analiza con más detenimiento, aparece otra lectura: la esencia sigue ahí. Lo que ha cambiado no es quién es la persona, sino cómo está utilizando sus propios rasgos.


Por eso, la experiencia subjetiva suele ser paradójica. La persona se siente distinta, ajena a sí misma, cuando en realidad está funcionando desde una versión extrema de su propia forma de ser. Una versión que se ha ido a un extremo del espectro para intentar sostener el malestar. Entender esto tiene un efecto importante. Permite dejar de pelearse con la idea de “no ser así” y empezar a reconocer algo más ajustado: sigo siendo yo, pero estoy funcionando desde una versión forzada de mí mismo. A veces por sobreutilización del rasgo, otras por infrautilización, pero siempre con la misma intención de fondo: no desbordarse.


Ese reconocimiento devuelve continuidad a la experiencia.

De esta manera, el malestar deja de vivirse como una ruptura de identidad y empieza a entenderse como un desequilibrio dentro de la propia forma de ser. Y desde ahí, el trabajo ya no consiste en convertirse en otra persona, sino en recuperar amplitud, volver a habitar el espectro completo y no quedarse atrapado en uno de sus extremos.


El síntoma señala que algo se ha tensado. El contexto muestra dónde y en qué condiciones ese malestar se despliega.

La personalidad revela cómo se está intentando sostener. Ninguno de estos planos explica el porqué último de lo que ocurre. Lo que hacen es darle forma, sentido y ubicación a la experiencia, para que deje de vivirse como algo caótico o ajeno.


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