Síntoma y contexto
- Aleix Arribas

- 14 ene
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

El contexto como modulador del malestar
Cuando el síntoma deja de vivirse como un problema aislado y empieza a leerse como una señal, la mirada se ensancha de forma casi inevitable. Ya no basta con atender a lo que ocurre dentro; aparece la necesidad de mirar alrededor.
El malestar no se manifiesta en el vacío. Se expresa siempre dentro de una vida concreta, en un entorno determinado, con unas condiciones que lo amortiguan, lo intensifican o lo mantienen activo. Hablar de contexto no significa buscar culpables. Significa situar el malestar. Entender en qué escenario aparece y qué dinámicas entran en juego cuando el síntoma está presente.
Un mismo síntoma puede vivirse de formas muy distintas según el entorno en el que se despliega. La ansiedad, por ejemplo, no pesa igual en un contexto donde hay margen para parar, hablar y ajustar ritmos, que en otro donde todo empuja a rendir, responder o aguantar. La tristeza tampoco se vive igual en cualquier entorno. Cuando hay espacio para detenerse y elaborar, suele ser transitable. Cuando no lo hay, puede volverse silenciosa, cronificarse o transformarse en apatía. La irritabilidad suele aparecer cuando el entorno exige adaptación constante sin permitir expresión. Cuando no hay margen para decir no, marcar límites o mostrar malestar, este acaba saliendo por otras vías: en el tono, en el enfado, en la distancia. Y la rumiación tiende a intensificarse en contextos donde hay poco margen de acción. Cuando no se puede decidir, modificar o expresar, la mente intenta resolverlo todo pensando.
El contexto no crea el malestar, pero condiciona la forma que adopta y el tiempo que permanece.
El contexto por capas
El contexto no se limita a lo inmediato. Opera en distintos niveles al mismo tiempo y, muchas veces, se superponen sin que la persona sea consciente de ello.
Mirar el contexto ayuda a situar la experiencia individual.
Cuando hablamos del contexto más cercano nos referimos a las personas y espacios del día a día: familia, pareja, trabajo y relaciones habituales. Lo importante no es solo con quién se convive, sino cómo son esas relaciones y qué lugar tiene el malestar dentro de ellas. Hay entornos donde expresar lo que se siente es posible y otros donde callar, adaptarse o aguantar es lo habitual. Según exista más apoyo, presión o distancia, un mismo síntoma puede sentirse más llevadero o volverse mucho más pesado.
El contexto también incluye el momento vital en el que se encuentra la persona. Una dificultad no pesa igual cuando se atraviesa una etapa de cambios, decisiones importantes o pérdidas, que cuando la vida está más estable. En ciertos momentos, el margen interno es menor porque se están afrontando demasiadas cosas a la vez: responsabilidades, incertidumbres, duelos o exigencias acumuladas.
A todo esto se suma la historia personal. No se trata de recuerdos que la persona tenga presentes todo el tiempo, sino de aprendizajes que se incorporaron sin darse cuenta. Haber aprendido desde muy pronto a aguantar, a no pedir, ayuda, a hacerse responsable de más cosas de las que tocaban o a adaptarse para que no hubiera problemas influye en cómo hoy se vive el malestar. Cuando aparece una nueva tensión, la respuesta no parte de cero: se activa automáticamente esa manera conocida de afrontar las cosas, incluso aunque ya no sea la más adecuada.
También influye el marco social y cultural en el que se vive, aunque muchas veces no se nombre. Es un contexto que valora el rendimiento, la eficacia y el control, donde se espera responder, no fallar y sostener el ritmo. En ese marco, con frecuencia se confunde la capacidad de contener las emociones en determinados momentos con la exigencia de no sentirlas o no mostrarlas nunca, incluso cuando el malestar es legítimo y persistente. En ese escenario, el malestar suele leerse como un problema individual —“no llego”, “algo me pasa”— cuando en realidad tiene mucho que ver con unas reglas de juego que demandan más recursos de los que se tienen y conllevan un coste en forma de desgaste y tensión.
Entender el contexto de esta manera no significa explicarlo todo desde fuera, sino ampliar la lectura. Permite dejar de pensar el malestar como algo que ocurre solo “dentro” y empezar a verlo como una experiencia situada, atravesada por múltiples capas que conviene tener en cuenta.
Cuando el contexto no lo explica todo
Aun teniendo en cuenta el entorno, algo suele hacerse evidente con bastante rapidez: personas en contextos similares no viven el malestar de la misma manera. No reaccionan igual, no se tensan en los mismos puntos ni sostienen las dificultades del mismo modo. Ahí aparece una pregunta que ya no se responde mirando solo fuera. Por qué este contexto afecta así a esta persona concreta. Qué hace que determinadas situaciones resulten especialmente difíciles de gestionar, mientras que otras, en apariencia parecidas, se atraviesan con más margen. Por qué algo que para unos es manejable, para otros se vuelve desbordante.
La respuesta no está únicamente en lo que ocurre, ni siquiera en cómo ocurre, sino en desde dónde se vive: en la forma en que cada persona interpreta lo que pasa y responde a ello. Ese filtro personal no aparece de repente. El tipo de personalidad ya está presente desde el inicio, a veces de manera explícita y otras de forma más implícita. En algunos casos, la persona empieza hablando directamente de su manera de ser; en otros, ese filtro se va haciendo visible a medida que se habla del síntoma, del contexto y del malestar en general. En cualquier caso, ha estado operando desde el principio, influyendo en cómo se entiende y se sostiene la experiencia, aunque no siempre haya sido el primer elemento en ponerse en palabras.
El síntoma señala. El contexto sitúa. Pero es la forma personal de vivir lo que ocurre la que termina de dar sentido a la experiencia. Mirar ese filtro no significa buscar defectos ni cambiar quién se es, sino entender desde dónde se está atravesando lo que pasa.




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