Comprende
- Aleix Arribas

- 17 ene
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Poner orden y criterio cuando todo aparece mezclado
Hay un momento inicial en muchos procesos en el que la experiencia se vive como un bloque compacto. Sensaciones, pensamientos, reacciones y circunstancias aparecen a la vez, sin jerarquía ni claridad. Se sabe que algo no va bien, pero no se tiene una imagen nítida de qué está ocurriendo ni por dónde empezar. En ese punto, intervenir sin comprender suele aumentar la confusión. El movimiento de comprender no consiste en analizarlo todo ni en buscar explicaciones definitivas. Consiste en poner orden suficiente para dejar de ir a ciegas. Delimitar qué forma toma el malestar, en qué contextos aparece, qué patrones se repiten y cómo la manera habitual de responder influye en que el problema se mantenga o se intensifique.
Comprender es situarse.
Este primer tramo del método funciona como cuando, en medio de un terreno desconocido, se despliega un mapa básico. No para recorrerlo entero de inmediato, sino para saber dónde estás, qué zonas son más inestables y qué caminos no conviene tomar aún. Sin esa orientación mínima, cualquier intento de cambio corre el riesgo de ser errático.
En esta fase suelen aparecer herramientas que ayudan a clarificar.
La psicoeducación, por ejemplo, permite entender cómo funcionan ciertos síntomas o reacciones sin reducirlos a etiquetas. Comprender qué papel tiene la ansiedad, la rumiación o la evitación no elimina el malestar, pero sí reduce la sensación de estar “fallando” y devuelve criterio a la experiencia.
El análisis funcional ayuda a observar la lógica del problema en la vida real: qué suele activar el malestar, cómo se responde ante él y qué consecuencias tiene esa respuesta a corto y largo plazo. No se trata de buscar culpables, sino de detectar secuencias que se repiten y que, muchas veces, pasan desapercibidas por lo automáticas que se han vuelto.
La reestructuración cognitiva, cuando aparece en este momento, no busca “pensar en positivo”, sino revisar interpretaciones rígidas que están alimentando el problema. Se trata de ampliar la mirada, no de imponer una versión optimista de la realidad. A veces basta con introducir una mínima duda para que la experiencia deje de cerrarse sobre sí misma.
Todas estas herramientas se utilizan siempre enmarcadas en lo que la persona trae: su síntoma concreto, el contexto en el que aparece y la forma personal de vivirlo. La psicoeducación no se ofrece en abstracto, sino para entender por qué este malestar se manifiesta precisamente así en la vida de la persona en cuestión. El análisis funcional no busca esquemas generales, sino comprender cómo interactúan las circunstancias, las reacciones y los patrones propios de esa persona. Y la reestructuración cognitiva no pretende corregir pensamientos aislados, sino revisar interpretaciones que tienen sentido dentro de una historia, una personalidad y una situación determinadas.
Comprender, en este sentido, no separa el problema de quien lo vive, sino que lo sitúa dentro de una experiencia concreta y singular.
También pueden utilizarse registros u otras herramientas de observación, no como deberes, sino como una forma de hacer visible lo que antes ocurría sin ser visto. Escribir, anotar o revisar situaciones concretas permite pasar de una vivencia difusa a algo que puede pensarse con más distancia. El objetivo de comprender no es resolver. Es formular bien el problema. Cuando esto ocurre, el malestar no desaparece, pero cambia de lugar: deja de ser un caos indescifrable y se convierte en algo que puede abordarse con criterio.
Entender qué pasa, por qué pasa y desde dónde tiene sentido empezar a trabajar.
Comprender es el punto desde el cual el proceso deja de avanzar a tientas y empieza a construirse con dirección.




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