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Cuando la historia se repite

Actualizado: 23 ene

Imagen simbólica de la repetición del malestar psicológico a través de un espiral

El patrón que insiste aunque ya lo veas


Hay un tipo de malestar que no aparece de golpe. No irrumpe como una crisis clara ni depende de un contexto concreto que lo explique todo. Simplemente vuelve. Cambian las personas, cambian las circunstancias, cambia el escenario vital, pero el punto de llegada acaba siendo el mismo. La sensación es conocida: como caer una y otra vez en el mismo agujero del camino. Esta vez, además, lo ves. Sabes que está ahí. Incluso te prometes que no volverás a pasar por ese sitio. Y aun así, vuelves a caer. Esa repetición suele vivirse con frustración, con cansancio y, a veces, con vergüenza.


Como si algo en uno no aprendiera o como si hubiera una parte de la historia que se impusiera una y otra vez, al margen de la voluntad.

No se trata de mala suerte ni de algo inexplicable. Cuando hablamos de patrones que se repiten no hablamos de energías extrañas, sino de microdecisiones. Pequeños gestos, interpretaciones, silencios, concesiones o exigencias que se toman casi sin darse cuenta. No porque la persona quiera sabotearse, sino porque esas respuestas le resultan conocidas. El cerebro distingue entre lo familiar y lo desconocido. En un nivel muy básico, lo desconocido se vive como riesgo.


Por eso, muchas veces se vuelve a lo que ya se conoce.

Aquí está el núcleo de lo que se repite. El patrón se mantiene porque la persona necesita conservar lo conocido, aunque tenga un coste. Lo conocido ya se sabe cómo empieza, cómo se sostiene y cómo termina. Lo desconocido, en cambio, no ofrece garantías. Puede aliviar, pero también puede doler más. Y esa incertidumbre pesa. Ante ese cálculo implícito, el sistema elige lo que ya sabe manejar, incluso si eso implica repetir el malestar. Por eso el patrón persiste incluso cuando la persona es consciente de él: "se ve el agujero, se sabe que está ahí, se reconoce que duele caer… y aun así se vuelve a pasar por el mismo sitio."


No por falta de voluntad ni por incoherencia, sino porque salir del patrón supone asumir un riesgo mayor que permanecer en él.


Aceptación, resignificación y posición existencial


No todo malestar que persiste adopta siempre la forma de un patrón claro y reconocible. A veces lo que se repite no es una conducta concreta, sino una experiencia interna, una forma de sentirse, de relacionarse o de situarse ante la vida que se activa una y otra vez. Puede estar ligada a experiencias pasadas que han calado hondo, a momentos que marcaron un antes y un después, o a maneras de responder que se fueron consolidando sin que la persona lo advirtiera del todo.


Con el tiempo, esa experiencia acaba organizando el malestar y dando la sensación de estar siempre en el mismo lugar, aunque cambien las circunstancias.

Muchas personas llegan agotadas de luchar contra sí mismas, intentando corregirse, forzarse o vigilarse para no volver a eso que saben que les hace daño. Esa lucha constante suele añadir una capa más de tensión al malestar.


Aceptar no es rendirse ni decidir que “esto es así y no hay nada que hacer”. Es algo más concreto: poder mirar lo que se repite —sea un patrón claro o una experiencia que vuelve— sin urgencia, sin rechazo y sin la presión inmediata de tener que cambiarlo. Aceptar implica reconocer algo sencillo: hubo un momento en el que esa forma de responder apareció por primera vez. En ese momento fue una respuesta nueva frente a una situación que desbordaba. Protegió, sostuvo y permitió seguir adelante. El precio que tenía entonces era asumible frente al coste de no hacerlo. Con el tiempo, esa respuesta se mantuvo, incluso cuando las circunstancias cambiaron. Quedó aprendida como una forma eficaz de afrontar la dificultad. El problema aparece cuando se aplica de manera automática y rígida, incluso cuando ya no encaja con la situación actual.


Entender este recorrido permite mirar lo que se repite con más claridad y abrir espacio a otras maneras de responder.

Resignificar implica ampliar la mirada. Cuando una experiencia se repite durante mucho tiempo, tiende a ocupar todo el espacio y a convertirse en la explicación principal de quién se es y de lo que ocurre. Poco a poco, la vida empieza a leerse siempre desde el mismo lugar, como si esa forma de estar lo explicara todo. Resignificar no consiste en justificar lo que ocurre ni en analizarlo sin fin, sino en integrarlo dentro de una imagen más amplia de uno mismo. Reconocer que esa experiencia ha tenido peso y consecuencias, pero que no define a la persona en su totalidad. Cuando esto ocurre, el malestar cambia de lugar. Ya no gira únicamente en torno a “esto me pasa porque soy así” o “siempre acabo igual”, sino que aparece la posibilidad de verse como alguien más amplio, con más registros y más margen del que parecía.


Lo que se repite pasa de ser una identidad cerrada a ser una parte de la historia.

La posición existencial tiene que ver con cómo una persona se relaciona consigo misma, con los otros y con el mundo. No es solo lo que hace, sino desde qué lugar interno lo hace. Esa posición se va configurando a lo largo de la historia vivida y, en muchos casos, queda condicionada por aquello que se repite y acaba organizando la experiencia. Cuando una forma de responder ocupa demasiado espacio, influye en esa manera de estar: la relación con uno mismo puede volverse más dura o exigente; la relación con los otros puede organizarse desde la defensa, la adaptación excesiva o la retirada; y la relación con el mundo puede vivirse como algo imprevisible o difícil de sostener. A medida que lo que se repite se resignifica —cuando deja de definirlo todo y pasa a ser solo una parte de la experiencia— la posición existencial empieza a ensancharse.


La persona deja de relacionarse consigo misma, con los otros y con el mundo desde un único guion. No es un cambio radical, sino la apertura de más margen para situarse de otra manera frente a lo que ocurre.

En ese punto, lo que antes se repetía de forma automática pasa a ser consciente. Incluso puede seguir apareciendo, pero ya no gobierna toda la experiencia. La persona puede decir “sí, soy así en esto” y asumirlo sin lucha, porque sabe que no se define solo por ese punto y puede posicionarse de otra manera en otros ámbitos. Ahí la repetición pierde poder: no porque desaparezca, sino porque deja de organizar la forma de estar en la vida.

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