Ordenar el caos
- Aleix Arribas

- 11 ene
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando el malestar llega mezclado
Cuando alguien llega con malestar psicológico, lo que suele traer no es una historia clara, sino una mezcla. Pensamientos que se solapan, emociones que cambian de forma, sensaciones físicas difíciles de ubicar y una sensación persistente de desorden interno. No aparece como un problema bien delimitado, sino como un todo confuso. Algo se ha movido, algo no encaja, pero cuesta señalar exactamente qué.
La experiencia se vive más como ruido que como relato.
En ese punto, la mente intenta hacer lo que puede: comprenderlo todo a la vez. Qué ha pasado, qué significa lo que siento, si esto es grave, si debería poder con ello, si se me está yendo de las manos. Cuanto más se intenta abarcar, más se enreda la experiencia. En ese momento inicial suelen confluir varios planos que todavía no se distinguen entre sí. La persona los vive como una sola experiencia, compacta, difícil de separar.
Por un lado, suele haber algo que ha ocurrido. Un cambio, una ruptura, una pérdida, una transición vital o una acumulación que termina por desbordar. A veces es un hecho claro y reconocible. Otras veces es más difuso, incluso difícil de explicar a los demás o de justificar ante uno mismo. No siempre hay un “antes y después” evidente, pero sí la sensación de que algo ha alterado el equilibrio previo.
A partir de ahí aparece un malestar, un síntoma que toma forma a través del cuerpo y la mente. Puede ser tensión constante, dificultad para dormir, tristeza persistente, irritabilidad, bloqueo o pensamientos que giran en círculo. No importa tanto el nombre como el efecto: algo empieza a interferir en la manera de vivir el día a día.
Ese malestar no se despliega en el vacío. Se expresa dentro de un contexto, de una vida concreta, con su propio entramado de relaciones, responsabilidades, ritmos y exigencias. Familia, trabajo, vínculos, decisiones pendientes, apoyos reales o su ausencia. Todo eso estaba ahí antes del síntoma y sigue estando cuando el malestar aparece, influyendo en cómo se vive y cuánto espacio ocupa.
Y todo esto se atraviesa desde una manera habitual de estar en el mundo. Cada persona tiene un tipo de personalidad, es decir, formas aprendidas de responder cuando la tensión aparece: exigirse más de la cuenta, adaptarse para no generar conflicto, aguantar sin pedir ayuda, intentar tenerlo todo bajo control o desconectarse cuando el peso es excesivo. Estas formas no suelen reconocerse como un filtro o como una manera concreta de interpretar y responder, sino como algo natural, incuestionable. Se viven como identidad. Como un simple “yo soy así”, sin advertir que ahí también hay una forma de mirar.
El caos aparece cuando el síntoma, el contexto y la personalidad se viven como una sola cosa, sin diferenciarse.
No hay un único punto de inicio
Cuando el malestar llega así, mezclado, suele aparecer una expectativa silenciosa: encontrar el punto exacto por el que empezar. Como si hubiera una puerta correcta y todas las demás fueran secundarias. En la práctica, ese punto no es siempre el mismo.
Hay personas que tienden a hablar de lo que ha ocurrido. Necesitan entender el impacto de un cambio concreto, poner palabras a una pérdida o a una situación que las ha descolocado. Otras llegan centradas en cómo se sienten, en ese malestar, en ese síntoma que se ha vuelto imposible de ignorar y que ocupa gran parte de su atención. Otras ponen el foco en el contexto: hablan de su entorno, de sus relaciones, de lo que esperan de los demás o de cómo el malestar está afectando a su vida cotidiana. Y otras empiezan por algo más interno y menos concreto: su manera de ser, la forma en que viven la situación, la sensación de que siempre reaccionan igual o la idea de que hay algo en su personalidad que “debería cambiar”.
Cualquiera de estos lugares puede convertirse en el inicio. No porque sea más importante que los demás, sino porque es lo que está más disponible para la persona en ese momento. Intentar forzar un orden previo suele generar más confusión. El orden no se impone desde fuera; se va construyendo a medida que las piezas empiezan a separarse y a adquirir sentido propio.
Ordenar para recuperar perspectiva
Cuando las piezas empiezan a separarse, la experiencia cambia de forma. El malestar no desaparece, pero deja de presentarse como un bloque compacto. Ya no ocupa todo el espacio mental del mismo modo.
Ordenar no significa reducir la complejidad de lo que ocurre. Significa darle estructura.
Ese movimiento tiene un efecto claro: la persona empieza a situarse. No porque tenga respuestas cerradas, sino porque deja de estar completamente dentro del ruido. Aparece una cierta distancia, suficiente para poder pensar sin quedar atrapado en la confusión. Es como pasar de estar en medio de una tormenta sin referencias a poder orientarse en el mapa, aunque el tiempo siga siendo adverso. La situación no cambia de inmediato, pero la posición desde la que se la mira sí.
Mientras todo está mezclado, el pensamiento suele girar en círculos. Las preguntas se encadenan unas a otras sin llegar a ninguna parte. Cada intento de comprender genera nuevas dudas. Cuando hay algo de orden, el pensamiento recupera una función distinta. Ya no se limita a dar vueltas, sino que empieza a discriminar. A distinguir lo urgente de lo importante. Lo propio de lo circunstancial. Lo que depende de uno de lo que no.
A partir de ahí, se vuelve posible distinguir qué parte de lo que ocurre está ligada a un momento concreto, qué parte conecta con formas de funcionar que vienen de lejos, qué peso tiene el entorno actual y qué margen real existe para moverse de otra manera.
Este orden inicial no decide el camino, pero lo hace visible. Evita movimientos impulsivos, interpretaciones precipitadas o decisiones tomadas desde la saturación. Abre la posibilidad de situarse dentro de lo que está pasando. Y desde esa posición, el malestar ya no dirige todos los movimientos.
A partir de ahí, cada pieza puede empezar a escucharse con más precisión.




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