Yo, el otro y el mundo
- Aleix Arribas

- 15 ene
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando la identidad se vuelve estrecha
Hay un momento en muchos procesos terapéuticos en el que deja de ser suficiente hablar de rasgos, estilos o patrones. Ya no basta con entender cómo funciona una persona o por qué repite ciertas respuestas. La pregunta empieza a desplazarse hacia otro lugar: desde dónde se sitúa ante la vida. Desde qué posición se relaciona consigo misma, con los demás y con lo que ocurre cuando las cosas no encajan con lo esperado.
A eso lo llamamos posición existencial.
No tiene que ver con cambiar la personalidad ni con convertirse en otra persona. Tiene que ver con el lugar interno desde el que se mira, se decide y se responde, especialmente en situaciones de conflicto, frustración o pérdida. Es una forma de estar en el mundo que suele pasar desapercibida hasta que empieza a generar sufrimiento. Decirse “yo soy así” puede ser un punto de partida honesto. A veces es una forma de aceptación, de poner palabras a una manera de ser sin negarla. El problema aparece cuando esa frase deja de describir y empieza a cerrar. Cuando se convierte en un dogma identitario que no admite movimiento.
En ese punto, la identidad ya no sirve para orientarse, sino para defenderse.
Cuando la identidad se rigidiza, deja de ser una referencia flexible y pasa a funcionar como una verdad incuestionable. Todo encaja mientras la realidad se comporte como se espera que lo haga. Pero la vida rara vez colabora con esas condiciones. Y cuando no lo hace, la seguridad que parecía firme se revela frágil. En esos momentos, cualquier cuestionamiento se vive como una amenaza. No solo duele lo que ocurre, sino que tambalea la imagen que la persona tiene de sí misma. El malestar ya no viene únicamente de la experiencia, sino de no poder mirarla desde otro lugar. Aparece rigidez, defensividad, dificultad para tolerar perspectivas distintas o una sensación constante de estar a la intemperie cuando algo no encaja.
Muchas veces el sufrimiento no nace tanto de lo que pasa, sino de no poder habitarlo desde más de una posición.
Aquí conviene matizar: ensanchar la identidad no es relativizarlo todo, ni diluirse, ni renunciar a los propios valores. No se trata de perder convicciones ni de vivir sin criterios. Hay principios y maneras de ver el mundo que forman parte de quién eres y no necesitan cambiar. De lo que se trata es de que la identidad deje de ser una jaula y pueda convertirse en un espacio habitable. De poder decir “soy así” sin que eso te obligue a reaccionar siempre del mismo modo. De reconocer una forma de ser sin quedar atrapado en ella. Eso también te define. La posición existencial no se decide como una idea ni se adopta por voluntad. No surge de frases inspiradoras ni de conclusiones intelectuales. Se va construyendo en la experiencia, especialmente en la relación terapéutica. En ese espacio empiezan a aparecer cambios sutiles pero profundos: la posibilidad de sostener contradicciones sin romperse, de no necesitar tener razón para sentirse a salvo, de permitir que la identidad se amplíe sin perder continuidad.
El sufrimiento no desaparece de golpe. Pero deja de organizarlo todo.
Cuando la identidad se flexibiliza, no se pierde coherencia. Se gana completud. La persona puede seguir siendo ella misma sin que eso la obligue a responder siempre igual. Aparece una forma distinta de estar en el mundo: menos defensiva, menos agresiva, menos frágil de lo que parecía.
No porque todo sea relativo, sino porque la manera de estar en la vida ya no depende de que todo ocurra como debería.




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