Resignificar la experiencia
- Aleix Arribas

- 15 ene
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando algo ocupa demasiado lugar en tu historia
Hay experiencias que no desaparecen con el tiempo. No porque sigan ocurriendo, sino porque no han encontrado un lugar claro en la historia personal. Quedan ahí, actuando de forma implícita. Influyen en cómo te sientes, en cómo decides, en cómo te relacionas con los demás y contigo mismo. Poco a poco, sin que te des cuenta, acaban definiéndote más de lo que les corresponde. No siempre se presentan como un recuerdo constante. A veces aparecen como un tono de fondo, una manera de estar, una explicación silenciosa de por qué eres como eres o de por qué ciertas cosas te afectan tanto.
La experiencia no se repite tal cual, pero su huella organiza el presente.
Cuando se habla de resignificar, conviene aclarar algo importante. Resignificar no es borrar el pasado, ni reinterpretarlo de forma forzada, ni “cambiar el pensamiento” como si fuera un archivo defectuoso. Tampoco es repetir frases positivas hasta que el dolor se atenúe. La experiencia ocurrió. Y tiene consecuencias. Pretender lo contrario no es trabajarla, es negarla. El problema no suele ser lo vivido en sí, sino el vacío que deja alrededor. Muchas veces se habla de integrar una experiencia, pero integrar algo exige que exista un espacio donde hacerlo. Cuando una vivencia se lo ha comido todo —cuando ocupa toda la identidad, todo el relato, toda la explicación de quién eres— no hay espacio disponible. Solo queda la experiencia y un vacío alrededor.
En esos casos, intentar “integrar” directamente es irreal. Es querer colocar algo dentro de un lugar que aún no existe.
Resignificar no consiste en reducir la experiencia ni en hacerla más pequeña. Consiste en ensanchar el marco. Empezar a construir, poco a poco, todo aquello que también forma parte de ti y que ha quedado eclipsado: los vínculos que importan, tus valores, las capacidades que siguen ahí, los deseos que no desaparecieron, todo lo que has ido aprendiendo, las elecciones hechas y también las contradicciones.
No para tapar lo ocurrido, ni para restarle importancia, sino para que no sea lo único que explique quién eres.
Cuando la identidad se amplía, la experiencia empieza a recolocarse. No desaparece, pero deja de ocuparlo todo. Y solo entonces puede encontrar un lugar más ajustado dentro de la historia personal. Aquí aparece otra trampa frecuente. Buscar ser perfecto, coherente al cien por cien o “sanado” suele generar más rigidez. La resignificación no apunta a la perfección, sino a la completud. Ser completo incluye lo que dolió, lo que no salió como se esperaba, lo que se perdió, y también todo lo que sigue vivo.
Una historia completa no es una historia sin heridas. Es una historia en la que las heridas no lo explican todo.
Cuando hay espacio alrededor, la experiencia deja de actuar de forma aislada. Ya no gobierna cada decisión ni se activa como si estuviera ocurriendo ahora. Sigue siendo parte de la historia, pero no la dirige por completo.
Eso es resignificar: no cambiar lo vivido, sino cambiar el lugar que ocupa.




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