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Aceptación

Actualizado: 23 ene

Imagen simbólica del límite y la aceptación en un proceso psicológico

Cuando la solución es el problema


Hay momentos en los que el malestar no se sostiene tanto por lo que ocurre, sino por la forma en que se intenta resolverlo. Muchas personas llegan agotadas de luchar contra sí mismas: corrigiéndose, vigilándose, exigiéndose cambiar aquello que saben que les hace daño. La sensación suele ser clara: si consigo hacerlo mejor, si dejo de ser así, si controlo esto de una vez, el malestar desaparecerá.


El problema es que, en muchos casos, esa lucha constante se convierte en una parte central del sufrimiento.

No es extraño que la palabra aceptar genere rechazo. Para muchas personas suena a resignarse, aguantar o conformarse con algo que duele. Durante años se ha transmitido la idea de que aceptar es lo contrario de actuar, como si implicara quedarse quieto o rendirse. Sin embargo, en psicoterapia aceptar no significa dejar de moverse, sino dejar de gastar energía en una lucha que no puede ganarse.


Aceptar no es pasividad. Es adaptación.

Un ejemplo sencillo ayuda a situarlo. Si llueve, puedes enfadarte con la lluvia, negar que esté lloviendo o repetirte que no debería llover. Nada de eso cambia el hecho de que llueva. Aceptar sería reconocer la situación y decidir qué hacer con ella: coger un paraguas, cambiar el plan o salir igualmente sabiendo que te mojarás un poco. La aceptación no elimina la lluvia, pero te permite moverte dentro de esa realidad.


Ahora bien, no todo en la vida es tan simple como coger un paraguas.

Hay situaciones que no se resuelven ajustando la actitud. Un duelo, una pérdida importante, una enfermedad, una ruptura que cambia el proyecto de vida o una crisis vital profunda no se superan adaptándose en el corto plazo. No hay solución rápida ni aprendizaje inmediato. En estos casos, aceptar no es “verlo de otra forma”, sino dejar de luchar contra lo irreversible. Y eso implica atravesar dolor.


Aquí aparece una distinción clave. Por un lado está el dolor real: la pérdida, la ausencia, la herida emocional. Por otro, el sufrimiento añadido: la pelea constante contra lo que ocurrió, los “si hubiera…”, los “esto no debería estar pasando”, la comparación con la vida que tendría que haber sido. El dolor real suele transformarse con el tiempo. El sufrimiento añadido se mantiene, porque pelea contra algo que no puede cambiarse.


Aceptar no elimina el dolor real. Reduce el sufrimiento añadido. No borra la herida, pero evita que uno se haga daño una y otra vez contra ella.

Hay experiencias que dejan cicatriz. Y las cicatrices, en algún momento u otro, pueden doler. Eso no significa que algo vaya mal ni que no se haya avanzado. Significa que hay algo vivido que forma parte de la historia personal. Una cicatriz no impide vivir; impide fingir que no pasó nada. Aceptar es permitir que ese dolor exista sin que lo ocupe todo, sin que decida por completo cada paso que se da. En este sentido, la aceptación está profundamente ligada a la autoestima. No como sentirse bien o seguro todo el tiempo, sino como autoafirmación: poder decir “esto soy ahora” sin culpa y sin desprecio hacia uno mismo. Sin colocarse por encima de nadie, pero tampoco por debajo.


Aceptar es mirarse de forma completa, sin reducirse al síntoma, al patrón o a la herida.

Aceptar no es perder. Es dejar de perder dos veces. La lucha puede ser comprensible, incluso necesaria durante un tiempo. Pero cuando se prolonga, suele generar un segundo sufrimiento que se suma al primero. Aceptar es dejar de luchar contra lo que no se puede cambiar para poder centrar la energía en cómo vivir con ello. No es resignación ni conformismo. Es una forma de acción más silenciosa. Porque no se trata de vivir sin dolor, sino de hacer la vida compatible con él, sin añadir una batalla imposible encima.


Desde ahí, lo que antes se repetía de forma automática empieza a verse con más claridad. Puede seguir apareciendo, pero ya no gobierna toda la experiencia. La persona puede reconocerse en ello sin lucha, darle un lugar sin que lo defina todo y posicionarse de otra manera en otros ámbitos. Y cuando eso ocurre, la solución deja de ser el problema, y el camino, aunque no cambie de inmediato, empieza a recorrerse desde un lugar distinto.

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