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Técnicas y proceso

Actualizado: 23 ene

Imagen simbólica de las técnicas dentro de un proceso psicológico orientado por un método

Cuando el método orienta y las técnicas acompañan



En psicología es fácil confundir método con técnica. Muchas personas llegan buscando la herramienta que funcione: la técnica correcta, el ejercicio adecuado, la intervención precisa que desbloquee el malestar. Las técnicas son importantes y forman parte del trabajo, pero no constituyen el proceso en sí. Son medios, no el recorrido. Un método no es un catálogo de recursos que se aplican de forma estándar. Es una forma de orientarse dentro del proceso para que no se diluya ni se convierta en una sucesión de intervenciones desconectadas.


El método da estructura; las técnicas se despliegan dentro de esa estructura, al servicio del momento vital y de lo que la persona necesita en cada tramo.

Puede pensarse como un camino. El método marca los grandes tramos por los que se avanza: entender qué ocurre, integrar lo que se vive y llevar ese trabajo a la vida cotidiana. Las técnicas son las formas concretas de moverse dentro de cada tramo. Habrá momentos en los que avanzar implique simplemente caminar, porque el terreno es llano y lo que hace falta es ritmo y claridad. En otros, tocará escalar: sostener emociones intensas, atravesar bloqueos o afrontar zonas que exigen más esfuerzo y cuidado. A veces aparecerán ríos que obligan a cambiar de estrategia y aprender a nadar, porque no se pueden cruzar por fuerza ni por velocidad. No todas las técnicas sirven para todos los momentos, ni tienen el mismo sentido en cualquier fase del proceso. Usar una herramienta fuera de lugar puede generar más confusión que avance, igual que intentar correr en una pendiente inestable o escalar sin haber asegurado el terreno.


El método permite decidir cuándo y para qué se utiliza cada técnica, evitando atajos que prometen rapidez pero suelen desorientar.

Desde este enfoque, el trabajo psicológico se entiende como un proceso que necesita estructura para no desorientarse, pero también flexibilidad para responder a lo que va apareciendo. No todas las personas avanzan igual ni se detienen en los mismos puntos. Hay tramos que permiten caminar con cierta calma, donde comprender y ordenar lo que ocurre ya genera movimiento. Otros exigen más esfuerzo: momentos en los que hay que escalar con cuidado, sostener emociones intensas, revisar posiciones muy arraigadas o atravesar zonas de mayor fragilidad. Y hay etapas en las que no se trata de avanzar, sino de aprender a nadar para no hundirse, porque el terreno habitual ya no sirve y lo primero es mantenerse a flote.


Comprender, elaborar y desarrollar funcionan como esos movimientos que se activan según el terreno.

A veces comprender es lo principal; otras, lo que pide el proceso es elaborar lo vivido; y en otros momentos, desarrollar pequeñas cosas en la vida cotidiana se convierte en el eje. No son etapas que se superan y se dejan atrás, sino movimientos que se repiten, se solapan y se ajustan a lo largo del recorrido.


En este sentido, el método no señala un destino ni define cómo debería ser la vida de la persona. No traza una ruta cerrada ni promete llegar a un lugar concreto. Su función es más discreta y más esencial: ofrecer orientación suficiente para no perderse cuando el camino se vuelve confuso, cuando hay cambios de ritmo o cuando el terreno obliga a modificar la forma de avanzar. Las técnicas son las herramientas que se usan en cada momento, pero es el método el que permite saber cuándo caminar, cuándo escalar, cuándo nadar y cuándo detenerse. Así, el proceso mantiene coherencia sin volverse rígido, y el trabajo no se dispersa en intervenciones sueltas, sino que conserva un sentido global mientras se va construyendo paso a paso.

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