Asertividad dinámica
- Aleix Arribas

- 16 ene
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 ene

Cuando comunicar no es aplicar un guion
La asertividad suele enseñarse como una técnica. Frases modelo, estructuras correctas, mensajes en primera persona, límites claros y bien formulados. Todo parece ordenado y lógico. El problema es que, cuando intentas comunicarte así, muchas veces no suena a ti. Suena aprendido, ensayado, artificial. Y comunicar de forma “correcta” pero desconectada de lo que eres también genera desgaste.
Porque comunicar no es solo decir algo bien dicho. Es decirlo desde un lugar que te represente.
No todos partimos del mismo sitio. Cada persona tiene una forma relacional propia. Hay quien tiende a afirmarse con facilidad: dice lo que piensa, ocupa espacio, marca territorio. Y hay quien tiende a adaptarse: cede, evita el conflicto, prioriza el clima relacional. Ninguno de estos estilos es problemático por sí mismo. El problema aparece cuando solo sabes moverte en un extremo del espectro. A veces parece que todos tuviéramos que comunicarnos igual, en cualquier contexto y a cualquier precio. Pero la vida no funciona así. Hay momentos en los que ser “asertivo” según el manual resulta poco realista. A veces la situación exige firmeza inmediata. Otras, ceder es lo más inteligente. En algunos contextos, callar no es sumisión, sino una lectura responsable de la situación.
Intentar aplicar siempre la misma forma de comunicar puede volverte rígido, torpe o poco humano. La cuestión no es decirlo bien, sino saber desde dónde lo estás diciendo.
Aquí aparece uno de los grandes malentendidos en torno a los límites. A las personas más adaptativas se les dice que tienen que poner límites, pero muchas veces no saben cuáles son sus límites reales. Entonces aparecen límites artificiales, puestos desde la culpa, desde el enfado acumulado, desde la comparación con otros o desde lo que “debería” hacerse. Un límite auténtico no es una estrategia. Es la consecuencia natural de haber conectado con una limitación propia.
Cuando sabes hasta dónde llegas, el límite aparece solo y suele expresarse con mucha más claridad.
En el otro extremo ocurre algo distinto. Las personas más autoafirmativas intentan contenerse, moderarse, adaptarse. Aguantan más de lo que les resulta natural. Se controlan. Se callan. Hasta que explotan. Y entonces el daño es mayor que si hubiera habido un ajuste previo. Contenerse no es lo mismo que aprender a ceder. Ceder implica elegir; contenerse implica forzarse.
De eso hablamos cuando hablamos de asertividad dinámica. No de convertirte en otra persona ni de aplicar un modelo ideal de comunicación. Hablamos de aprender a moverte dentro de tu estilo, ampliándolo un poco. Que quien tiende a adaptarse pueda afirmarse sin dejar de ser sensible. Que quien tiende a afirmarse pueda ceder sin perder identidad.
Nadie cambia de polo. Se ensancha el margen.
La asertividad dinámica no busca perfección comunicativa ni respuestas impecables. Busca algo más sencillo y, a la vez, más exigente: no hacerte daño a ti ni al otro en el intento de relacionarte. Poder hablar sin traicionarte, sin forzarte a decir cosas que no sientes o a callar lo que ya pesa demasiado. Sin guiones rígidos, sin frases de manual, sin convertir la comunicación en una especie de representación psicológica donde lo importante es hacerlo “bien” en lugar de hacerlo verdadero y auténtico.
Cuando la forma de comunicar se vuelve más flexible y más fiel a quien eres, la relación deja de tensarse por exceso de control o por miedo al conflicto. Aparece más margen para el ajuste, para el error, para el matiz. Y en la vida real, donde las personas no seguimos guiones y los contextos cambian, eso suele funcionar mucho mejor que cualquier fórmula perfecta.




Comentarios